Ayer me regaló su mejor sonrisa negra, la mejor hasta el día de hoy y lo hizo tocando suavemente mi brazo, al tiempo que aquel "uy" al cruzarnos en el paso de peatones me indicaba su agrado en la sorpresa.
A diario me regala su sonrisa ancha que se cruza con la mia, me dice algo, buscándome entre la multitud y me hace ese primer regalo del día. No habla español, solo alguna palabra, "hola" "gracias" y la mayoría de las personas no se llevan el periódico, le dejan la moneda o pasan de largo. Respecto a mi, no tiene motivos para tenerme especial atención pues tan sólo los viernes puedo sumar algo para dejarle y no todos, según está la economía.
Recuerdo cuando el 14 de marzo pasado me operaron de urgencias, todo ocurrió de forma inesperada y desde entonces no había vuelto a verle. Habían transcurrido más de tres meses contando el tiempo que pasé en el hospital y el que pasó hasta que pude mantenerme en pie para aguantar fuera de casa toda la jornada.
Volví a pasar por el lugar de siempre y le vi de lejos, aunque no pude saludar, tenía que empeñar mis fuerzas en subir la escalera de salida del metro tan despacio.., agarrada a la barandilla y el resto del mundo con la prisa habitual me ocultó a sus ojos.
De regreso a casa no siempre está, es demasiado tarde y demasiado tiempo para aguantar de pie, pero ese día estaba y me intentó hablar. Me paré agarrada a la baranda. Llevó su mano al pecho tapando el corazón y sonreía, no entendí lo que habló, tampoco fue un discurso... una frase cuya palabra final fue "chiempo".
Y dije:
-¡Mucho tiempo?
Se apresuro con aquel "siii"
Entonces sonreí le dije:
-Hospital!
El dijo "Ooooooooh" seguido de algo más que no entendí.
Señalé mi operación y hablé con signos, lo mejor que pude. Los signos siempre son lenguaje para todo. Y creo que me entendió, porque su cara se contrajo y perdió la sonrisa con que me esperaba. Le quise dar a entender que aún me seguiría viendo 2 meses más antes de que vuelva al hospital a operar de nuevo. Aquí le vi fruncir el ceño y juntar sus manos en señal de oración. Le dije gracias y me fui aunque creo que él no deseaba aún que que me marchara.
Pero las manos en alto dijeron adios y me adentré en el metro una vez más.
Ya en el vagón no me centraba en la oración que siempre hacía al regresar. Recordaba la escena con agrado y sabía que aquel desconocido no había sido tal pero hasta entonces no lo supe. Reflexionaba cómo ayuda a caminar una sonrisa, unos ojos saludándo en la mañana y cuánto tiempo puede durar en nosotros un agradable recuerdo.
Ayer volví a pensar en ésto y a recordar aquel desconocido, -que no es tanto-, agradeciendo encontrarnos.
Le di lo que guardaba para él. Aún le veo ilusionado susurrando "gasiasss" y señalando el cielo al tiempo que le oí decir muy claro:
-"¡Parra Dios!"
A veces algo tan pequeño nos alegra el corazón....